Los símbolos derribados

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El 26 de agosto de 1992 todos los informativos del mundo abrían con una imagen. Se trataba de un edificio que muy pocos espectadores conocían, aunque iba a convertirse en un símbolo similar al puente de Mostar.

El bombardeo indiscriminado contra el edificio tuvo lugar durante la noche del 25 al 26 de agosto. El fuego tomó rápidamente todas las dependencias de la Biblioteca de Sarajevo, construida en estilo neomudéjar a finales del siglo XIX cuando Bosnia formaba parte de imperio austrohúngaro. La famosa biblioteca albergaba cientos de miles de libros, manuscritos y documentos de incalculable valor, y era considerada como un templo de las relaciones de paz entre musulmanes, cristianos y ortodoxos. El símbolo de la biblioteca, que había unido a los habitantes de la ciudad que en ella habían aprendido a respetar la cultura del otro, no tardó en convertirse en humo.

¿Por qué la gente no salió de Sarajevo cuando vio que iba a haber una guerra?, pregunté a nuestra traductora de serbocroata. “Nadie esperaba que fuera a haber una guerra, todo sucedió de golpe, en cuestión de horas”, contestó en sustitución de las frases heroicas que esperaba escuchar de sus labios, pese a que ella pudo escapar junto a sus padres en los primeros días para refugiarse en Burgos y después en la Costa del Sol.

Los símbolos son importantes para cualquier pueblo, aunque puedan resultar peligrosos. La biblioteca de Sarajevo, lejos de ser peligrosa, era un símbolo de la identidad del pueblo bosnio, y en él eran capaces de verse reflejados todos sus habitantes, independientemente de sus creencias religiosas. Esto resultó ser una amenaza para quienes pretendían trazar líneas en los mapas y repartir ciudades y pueblos desconfiando de sus habitantes.



Unos cien kilómetros al este de Sarajevo se encuentra Višegrad, uno de los lugares que más sufrió la guerra de Bosnia. La ciudad alcanzó su mayor esplendor durante la Edad Media gracias al puente que se levantó sobre el río Drina, que nace en Montenegro y atraviesa gran parte del país para desembocar en el Adriático. El actual puente de Mehmed Pasa Sokovis fue construido a finales del siglo XVI por Mimar Koca Sinan, uno de los más importantes arquitectos del imperio Otomano.

El puente se levanta sobre el río en un paraje espectacular lleno de gargantas, al más puro estilo del interior de los Balcanes. Su fama se debe a que Ivo Andric, el escritor bosnio de padres croatas galardonado con el premio Nobel en 1961, lo convirtió en el centro de su famosa novela.
Como cuenta Andric, el puente sobre el Drina no era sólo un lugar de paso, sino que se convirtió en un lugar de encuentro, en otro símbolo que estarían dispuestos a repudiar quienes tanto temían la interculturalidad en la zona. “En el puente y su kapia –escribe Andric– en torno a él o en relación con él, discurre y se desarrolla la vida de los habitantes de la pequeña ciudad. En la kapia se reunían en uno u otro momento, los pertenecientes a cualquiera de las tres etnias, serbios ortodoxos, musulmanes o turcos y judíos, que habitaban Višegrad”.

Hoy Višegrad se encuentra en la llamada República Srpska, donde viven la mayor parte de los serbios de Bosnia, y es una ciudad en la que la memoria hiere los sentidos.
Si la historia de la novela de Andric concluye en el otoño de 1914, en las primeras semanas de la Guerra Mundial, con la destrucción del puente, en una metáfora de cómo se rompían los lazos que habían mantenido unidos a todos los habitantes de la región; en los años noventa la historia se presentó de nuevo con los colmillos más afilados y con un apetito inesperado.

En el hotel Vilina Vlas, que rápidamente fue ocupado por los serbios y se convirtió en centro de operaciones de las matanzas en la zona, más de 200 niñas fueron violadas. Cinco de ellas se suicidaron después, seis lograron huir y el resto fueron asesinadas. A menudo, las violaciones fueron cometidas por varios criminales hasta la muerte de la víctima, como en el caso de Mahmuljin Avdija, que fue violada por 42 soldados.
Estos datos forman parte de un informe del comité para la eliminación de la discriminación racial de la ONU, que lo redactó en su periodo de sesiones número 46. Imagino que no será plato de buen gusto para los bosnios que quienes tuvieron en sus manos la posibilidad de detener los crímenes hoy rellenen informes bajo esos nombres idílicos.

Jajce es otra de las más hermosas ciudades del país. Tras unos días de estancia en Sarajevo, decidimos visitar alguna ciudad del norte, y entre Srebrenica, casi en la frontera con Serbia, en una región que ya habíamos explorado en autobús, y Jajce, situada a pocos kilómetros de la República Srpska, en la zona de Banja Luka, nos decantamos por la segunda.

Recorrer los poco más de ciento treinta kilómetros que separan Sarajevo de la ciudad cascada es bastante tortuoso. Las carreteras bosnias son agotadoras y los controles policiales eran habituales, más que para garantizar la seguridad de la zona, para dinamitarla. La policía detiene a cualquier vehículo en el que pueda ir un extranjero para cobrar multas por infracciones de tráfico que nunca se han producido, en una costumbre que los bosnios ya aceptan con total normalidad. “Los sueldos de los policías son muy bajos. De algo tienen que vivir”, nos aseguró el conductor, acostumbrado a trasladar a turistas, lo que le garantizaba unos ingresos mayores que le dejaban permitirse el lujo de la solidaridad.

De todos modos, en el camino hacia Jajce se producen pequeños milagros por los que vale la pena el abuso. Por suerte, algunos de ellos nos llegaron de forma inesperada.


El primero fue poder ver desde la carretera una de las pirámides de Bosnia, en este caso la de mayor importancia, la de Visoko. En octubre de 2005, el bosnio Semir Osmanagic escribió en un artículo científico que la colina de Visocica, en la población de Visoko, se trataba de una pirámide del sol construida por el hombre. Rápidamente, la perfecta forma piramidal de la colina, de 213 metros de altura, llamó la atención de la comunidad internacional, que todavía hoy se mantiene atenta a las excavaciones iniciadas hace dos años. Cierto o no, a simple vista nadie se atrevería a negarlo y resulta sorprendente que a lo largo de los siglos nadie se haya percatado del detalle, que lejos de serlo es un verdadero impacto para los ojos del que observa la pirámide desde lejos.
Si esta visión ya compensa las tortuosas tres horas de viaje a cincuenta kilómetros por hora de media por la carretera hacia Jajce, hay otra parada en el camino que merece la pena. Se trata de Travnik, la ciudad en la que nació Ivo Andric y en la que puede visitarse su casa natal. Este pequeño museo, lejos de albergar grandes obras que pudieran resultar del interés de un investigador, da la sensación de conservar el olor y el calor de la casa. Si Travnik es conocida en el mundo es gracias a su gran escritor, que tituló una de sus obras como Crónicas de Travnik, aunque no alcanzara la repercusión de Un puente sobre el Drina.

Después de asimilar que los carteles que había al borde de la carretera, similares a los de una instalación eléctrica en la que se corre el peligro de electrocutarse, avisaban de la existencia de minas antipersona en la zona, por lo que era importante que el coche no dejara de pisar en ningún momento el asfalto, llegamos a Jajce con la misma sensación que un trapecista cuando pisa tierra firme.

Allí nos tenían preparada una última sorpresa. A las afueras de la ciudad nuestra traductora se reunió con un hombre. Parecía un campesino pero había algo en él que le confería cierta actitud de traficante, de concejal o de espía. Tras observarnos con detenimiento y quedarse con algunos dólares, sacó unas llaves de su bolsillo y nos invitó a seguirle. El lugar al que nos dirigíamos estaba cerca, y debíamos acceder a él a pie, lejos del asfalto, sin que pudiera alejar de mi pensamiento aquellas señales que indicaban la existencia de minas. “Este hombre debe de saber lo que se hace y habrá recorrido este camino mil veces”, me decía para tranquilizarme, como seguramente así era.

Al final del camino divisamos un cobertizo. Se trataba de una edificación de las que se levantan con frecuencia en el campo para guardar las herramientas necesarias para el arado. Sin embargo, no había sido construida para eso.

Durante la guerra, aquel señor con cara de campesino contrabandista había encontrado en sus terrenos un altar romano de incalculable valor en el que se habían realizado sacrificios. Sobre el altar, una imponente figura humana a tamaño natural, que sujetaba a un lobo, se mostraba amenazante. El estado de conservación era admirable, y aquella pieza era digna de estar en cualquiera de los más importantes museos europeos. Probablemente se tratara de Marte, dios de la guerra en la mitología romana al que se asociaba el lobo y en honor del que se realizaban sacrificios para poner término a las sequías y a las plagas.

Aunque aquel tipo al principio se mostró reacio, tras una negociación amistosa nos permitió fotografiar su altar, gracias al que sobrevivía su familia desde que el conflicto de los Balcanes minó la economía de la ciudad, situada en una zona de alto riesgo en cuyas montañas se cree que pueden encontrarse algunos de los más conocidos criminales de guerra serbios, a los que el Tribunal Penal Internacional de la Haya no ha logrado dar caza, aunque la propia fiscal, Carla del Ponte, que abandonó recientemente su cargo para convertirse en embajadora de Suiza en Argentina, ha declarado que están bajo el control de Serbia.

(Junio de 2006)
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